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¿Qué sucede si la distimia no es tratada?

Uno de los mayores problemas que se pueden presentar en una persona que padece distimia y no es tratada, es que se sumen otras patologías –sucede en el 65 por ciento de los casos- como ser una depresión mayor, trastornos de personalidad, trastornos por ansiedad como, por ejemplo, ataques de pánico o fobia social.

Esto significa que si la distimia no se diagnostica pueden empezar a sumarse otros problemas que se tengan que tratar en conjunto.

Desde este punto de vista se podría decir que si una persona no es tratada a tiempo puede empeorar porque a su distimia se le van sumando otros problemas, si bien esto es cierto no significa que sea el fin del mundo, ya que se puede tratar y curar.

En líneas generales, se puede asegurar que hay mayores posibilidades de que se sumen otras patologías a un paciente que está fuera de tratamiento que al que se está tratando porque en éste último caso el profesional puede actuar de inmediato evitando un nuevo problema en su paciente.

El distímico y su entorno familiar

En todos los casos en que se presentan patologías psiquiátricas es fundamental, educar al paciente y a la familia porque es común que el grupo familiar diga: “él siempre fue así” y tomen como “normal” algo que no lo es. Esto significa que se le debe informar al paciente y su familia cuáles son sus síntomas ya que cuanto más se sabe sobre la enfermedad, más alerta se está para poder saber si algo vuelve a aparecer.

Es importante que el médico conozca a la familia del paciente porque no se puede tratar a la persona como algo separado del contexto familiar en el que vive. En las familias en las que hay una persona distímica desde los 15 años, que recién llega a la consulta a los 30, se observa que sus padres y hermanos piensan que su conducta es totalmente normal, porque hay un acostumbramiento y una adaptación por parte del grupo familiar.

Un buen consejo para los padres es el siguiente: el mejor camino a seguir ante situaciones que no son claras en lo hijos es buscar la consulta con el pediatra y no empezar a hacer hipótesis sobre lo que le sucede a un niño.

De esta forma, se pueden aclarar todas las dudas sin crear falsas creencias sobre temas que no se tienen conocimiento. Con respecto a la distimia es importante que la gente sepa que es un trastorno afectivo, que no es ningún “fantasma” ni es grave porque se trata y se puede revertir.

Perfil de una persona distímica

Existen dos tipos de distímias bien diferenciadas. La primaria y la secundaria. Veamos en qué se distingue una de otra:

Distimia Primaria:

Se presenta cuando no es producto de una enfermedad orgánica. Dentro de este tipo de distimia puede distinguirse:
• La de inicio precoz que empieza en la niñez o adolescencia.
• La de inicio tardío que se presenta después de los 21 años y es menos frecuente que la de inicio precoz.

Distimia Secundaria:

Nos referimos a ella cuando se presenta como consecuencia de un problema orgánico. En estos casos, siempre se trata primero el problema orgánico y recién después se evalúa si esa persona necesita un tratamiento psiquiátrico.

El distímico es la persona que dice: “siempre estuve mal, no tengo deseos de hacer nada“. Por eso, uno de los síntomas más notorios es la “anhedonia”, término que significa “falta de ganas”, pero hay que aclarar que el distímico es un individuo que no manifiesta mayores problemas en el área laboral ni social. Es más, puede seguir con el curso normal de su vida, pero tiene la sensación de que todo lo que hace le cuesta mucho y que si no se sintiera así podría hacer las cosas mejor y sin tanto esfuerzo.

En los niños y adolescentes, los síntomas son diferentes, ya que no están relacionados con la falta de ganas y el deterioro en el aspecto laboral y social, sino que se puede empezar a pensar en distimia infantil cuando se observa una irritabilidad y hostilidad en forma casi ininterrumpida a lo largo de todo un año.

Esto, por supuesto, no significa que todo niño que está irritable u hostil es distímico, pero, por otro lado, muchas veces no se le presta la debida atención a esta conducta porque es considerada por los padres y los maestros como una típica conducta, de esa etapa de la vida. Lo más aconsejable es que si los padres desean consultar por la conducta de su hijo, deben comenzar por hablar con el pediatra para que evalúe si el niño tiene algún problema orgánico que pueda estar provocando esas reacciones.

Una vez que el médico descarta la posibilidad de una enfermedad orgánica, debe hacer una adecuada derivación a un psiquiatra infantil para que analice e investigue cuál es la razón de esa conducta y pueda llegar a un diagnóstico adecuado.